Como un lunes que podría ser cualquiera de los últimos, mi despertador comprueba lo que es una auténtica falta de respeto. El pobre desgraciado, sin un ápice de orgullo, guarda silencio cuando se lo ordeno y me deja dormir tras su aviso, quizá con la vana esperanza de que me sirva de lección.
Una mañana que se presenta ya sin tiempo para tomar un té antes de salir de casa no es un buen presagio del día que viene detrás. No llego a la primera clase, como era de esperar, y en la segunda ( y última) se explica (for Dummies) el código completo de una práctica de Java que ya tengo hecha. Mi cabeza se convierte entonces en la viñeta de un cómic donde el sarcástico autor dibuja enormes letras de color rojo que lo llenan todo para decir: ¿POR QUÉ?. Acto seguido, y de forma casi automática, imagino el código en Java que escribirá esas letras. En este punto está claro: habría sido mejor quedarme en casa, burlándome del poco amor propio que le queda a mi despertador.