I got no car and it’s breaking my heart
But I’ve found a driver and that’s a start
La semana pasada suspendí mi primer examen práctico para el carné de conducir cuando habían pasado menos de cinco minutos de su comienzo. Me salté una línea continua en una zona donde esto suponía un peligro de accidente. Afortunadamente, no había mucho tráfico en el momento. Lo he intentado muchas veces y aún no he conseguido comprender cómo pude hacer aquello, si bien es éste el familiar desconcierto que me sobreviene siempre que hago estupideces.
Había decidido no publicar nada sobre aquel fracaso o los posibles subsiguientes hasta que no llegase el momento del éxito.
Ayer tuve mi segundo examen, contra todo pronóstico, con el mismo examinador que en la ocasión anterior. Había, no obstante, una gran diferencia: Yo estaba mucho más nervioso. Me temblaban las manos, me temblaban las piernas… Y de mi estómago mejor no hablamos. Quizá eso fue lo que falló en la otra ocasión, que iba demasiado tranquilo. La verdad es que este análisis no me quita el sueño, lo único que me importa es que en esta ocasión lo conseguí, aunque he de admitir que aún hoy me encuentro en proceso de asimilación.
Ya sabes qué se dice en estas ocasiones:
Señoras y señores:
Hay un nuevo peligro en la carretera: Yo
Después de 2 meses y medio, 43 prácticas, 1 examen teórico, 2 exámenes prácticos y unos 1130 euros, ya soy conductor.
Ayer no puse ningún detalle de la nueva cámara porque sólo quería contar una historia sin desviar la atención hacia la parte tecnológica relacionada.
La cámara que he comprado es una Nikon Coolpix P2, que tiene este aspecto:

Tiene más posibilidades de las que soy capaz de enumerar y sé que pasará un tiempo considerable hasta que controle la mayoría. Luego sólo me faltará hacer buenas fotos (como si fuera poco). Pero, como ya has visto, no tengo una prisa especial con este asunto.
Aquí dejo la típica foto de cerca de una flor… sin flor.

El 10 de mayo de este mismo año compré en una tienda de Ebay una cámara fotográfica digital, quizá recuerdes mi momento de pánico escénico al teléfono; pues esa compra de la que entonces no di detalles es la misma de la que estoy hablando ahora. Dos días después, el 12 de mayo, recibí un correo electrónico en el que me informaban de que la cámara había sido enviada, y me proporcionaban un número de seguimiento. Pasados tres días, el paquete ya estaba en España.
Un mes después aún no tenía el paquete en casa. Entonces empecé a preocuparme y a investigar un poco. Finalmente acabé hablando con un empleado del centro de reparto provincial de correos que me indicó que en el archivo informático decía que el paquete estaba ya en la isla, pero que lo había comprobado y que físicamente no se encontraba aquí. No había coherencia entre los archivos y la realidad (ojalá esto fuese menos frecuente). Me recomendó que esperase una semana más y que lo volviese a llamar entonces. Lo hice; ni rastro de mi paquete. Me dijo entonces que la tienda donde compré la cámara tenía que poner una reclamación a la empresa que había enviado el paquete, para que éstos se la hicieran llegar a correos de España.
Cuando intenté reclamar en la tienda —y con esto ya había llegado el 23 de junio— me contaron que el servicio de correos de los Estados Unidos sólo acepta reclamaciones en envíos internacionales cuando han pasado, al menos, 45 días desde el envío. Sólo tuve que esperar otros cinco días y entonces presenté mi reclamación. En la tienda me comentaron que el servicio de correos tardaría entre una y seis semanas en tramitarla y darle el visto bueno para que luego ellos pudieran cobrar el seguro, y que hasta entonces no podían hacer nada. Cuando llegase la aceptación de la reclamación, yo podría escoger entre la devolución de mi dinero o que me enviasen de nuevo la cámara.
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