Hoy he salido en un artículo del Irish Times, uno de los periódicos importantes de Irlanda. Podéis verme en la foto, el tercero empezando por la derecha (Clic en la imagen para ver más grande).
El texto del artículo no es muy legible en la fotografía, pero está disponible en la versión digital del diario.
El artículo no me menciona en absoluto, igual a que otros dos de mis compañeros. Curiosamente, los tres que no hemos aparecido en al artículo estamos en el mismo proyecto, al que apenas se dedica un párrafo pequeño, y además está mal.
Las citas son inventadas, en su mayoría, y los datos de los participantes son incorrectos. Pero es que hasta el subtítulo está mal, pues dice que estamos en una especie de beca de investigación, y eso no es en absoluto lo que estamos haciendo.
Encima, qué mala suerte la mía, además de no haber dicho nada interesante (o tergiversable), en la foto parece que me he colado, que vi a un grupo haciéndose una foto en la calle y que metí mi cabeza furtivamente.
Para resumir, que sí, que muy bien, que salimos en la prensa, pero vaya basura de artículo, y vaya una pérdida de tiempo con la periodista que nos entrevistó. Y es que, teniendo en cuenta que grabó la entrevista entera, sólo puedo deducir que se lo ha inventado todo a propósito.
El único consuelo es que mi nombre sale en el pie de foto, si es que eso sirve de consuelo para esta tomadura de pelo.

Ya que incluso para mí es casi increíble encontrarme escribiendo esto, creo que debo empezar con una humilde petición de disculpas a mis lectores por guardar este largo silencio. Las últimas han sido unas semanas muy intensas y el problema es que ahora he perdido la oportunidad de contar con detalle lo que ha ido ocurriendo. Imagino que este es uno de esos posts en forma de resumen de lo que ha pasado en mi vida recientemente. Espero que no se me olvide nada importante.
Tuve mis exámenes finales en mayo y, aunque la mayoría estaban concentrados al principio del mes, aún tenía uno el día 28. Esto significaba que tan sólo iba a tener una semana para buscar alojamiento en Dublín para el verano y para hacer la mudanza, antes de empezar el día 9 de junio a trabajar en IBM. Al final parecía mejor idea empezar la búsqueda antes de mi último examen, para tener, si era posible, el alojamiento resuelto y poder mudarme poco después del 28 de mayo.
Lo conseguí. Aún no puedo creer mi suerte, pero lo conseguí. Un fin de semana viendo anuncios, dos días viendo habitaciones y al final del segundo día ya tenía el alojamiento en Dublín apalabrado.
Y entonces volví a Cork a preparar y hacer mi último examen (de mi Erasmus y de mi carrera, aunque esta aún no ha terminado del todo). Los exámenes, en general, me han salido considerablemente bien, o al menos eso creo yo ;). De hecho, los exámenes en la UCC es un tema del que me gustaría hablar un poco más, quizá en otro post.
Entonces llegó el momento de la mudanza.
No hay nada como ponerme a estudiar para que, en un ataque de procrastinación, me salgan las ganas de poner mi blog un poco al día y escribir una de esas historias pendientes que tantas veces rondan mi cabeza. Esta es una de esas historias.
A lo largo del curso el buzón de correo electrónico que me proporcionó la UCC se ha visto inundado de propuestas de eventos, la gran mayoría relacionados con empresas que dan charlas en la universidad para promocionarse e intentar captar alumnos recién titulados. Siempre que veía que alguna de esas charlas estaba impartida por empresas relacionadas con la informática, la electrónica o las comunicaciones me planteaba ir, pero nunca fui a ninguna. Era una de esas intenciones que se quedan en nada, como la gente que está a punto de ponerse a dieta, o la que el próximo lunes va a empezar a ir al gimnasio.
Pero un día fue lunes de verdad. Uno de esos correos anunciaba una charla titulada “Concurso de Código Abierto de IBM”. Esta vez anoté una cita en mi móvil para recordarmelo. Supongo que se debió en parte a un interés mínimamente mayor al que despertaban en mí los títulos de otras charlas y en parte a que había decidido que ya era hora de empezar a ver qué tal eran esos eventos.
Somewhere in the middle there’s a door, and no-one knows exactly what it’s for.
Siento no tener una foto mejor. Esta la hice hace un par de semanas. Hoy tuve la frase en la cabeza toda la mañana, no sé por qué. Cuando volví al lugar a hacer una nueva toma, más clara, había una pared gris con un letrero que rezaba: Wet Paint (Recién pintado).

Este es, posiblemente, mi primer otoño de verdad.
Exclamo mi sorpresa ante la alta velocidad con la que he percibido el paso del tiempo en este último mes. Y aún así, sigo sin tener asimilada la situación; aún no me siento establecido. Y más me vale darme prisa o cuando lo consiga tendré que hacer la maleta otra vez.
Mamá, estoy bien.
Esta es la tercera entrega de la serie sobre mi búsqueda de alojamiento en Cork. En la primera parte comenté cuáles eran mis opciones, en la segunda me centraba en Copley Court, el complejo de apartamentos para estudiantes donde vivo ahora. En esta ocasión también hablaré de Copley Court, pero ya in-situ, de primera mano.
Empezaré por decir que me gusta mi habitación, es muy acogedora y me siento muy cómodo en ella. Pero creo que, en lugar de hacer descripciones aburridas de leer y costosas de escribir, pondré unas cuantas fotos, que valen más de mil palabras cada una ;), y luego las comentaré un poco .
Vamos a empezar con las zonas comunes, o mejor dicho, con la zona común, pues la cocina y el salón se encuentran en el mismo habitáculo.
El suelo del salón es de cuadros de moqueta poco mullida de 45 cm x 45 cm colocados, aparentemente, con cierta prisa. El de la cocina es de algún tipo de plástico. Menos mal que no se les ocurrió poner moqueta en la cocina, y créeme cuando te digo que no sería la primera vez que lo veo. Hay vasos, tazas, cubiertos, varios utensilios de cocina (entre los que no se encuentran ni unas tijeras ni un cuchillo mínimamente decente, pero sí que hay 2 abrelatas, 2 peladores de patatas y 2 sacacorchos).
En la entrada, de la que no tengo foto, tenemos los utensilios de limpieza. Una fregona mala (no absorbe nada) con su cubo, un cepillo con su recogedor, una aspiradora y una tabla de planchar. La plancha la encontré en la cocina.
Pasemos ahora a mi habitación.
Sé que por estas fotos uno no puede hacerse una idea muy exacta del tamaño, pero es que es difícil fotografiar espacios pequeños y que se vean enteros (a menos que tengas un gran angular, que no es mi caso). La moqueta de mi habitación es más esponjosa, de color azul oscuro.
La cama está muy bien, aunque es un poco alta para mi gusto y tiene mucho espacio desaprovechado debajo (unos cajones habrían estado geniales). Es 10 centímetros más larga que la de mi casa en Tenerife, de modo que, aunque las sábanas me han quedado más tirantes y mi edredón un poco corto, descanso un poco mejor. Del armario no tengo quejas, es lo suficientemente grande y además es muy alto, así que no queda apenas espacio desaprovechado sobre él. El escritorio viene con 3 cajones muy espaciosos. Como ves, ya he desplegado en él algunos cacharros y a Domo-kun.
Veamos ahora el baño (privado), que se encuentra una vez pasada la puerta de mi habitación.
El baño es quizá lo que menos me gusta, está claro que es por comparación, porque mi baño en Tenerife, aunque muy pequeño, es la leche ;). Lo primero que pensé nada más verlo fue: ¿Dónde voy a poner mis cosas?
. Al final tuve que comprar un minimueble de cajones de plástico que, de momento, me está resolviendo el problema bastante bien (se ve en la primera foto, abajo a la izquierda).
Después de esto ya sabes cómo es el sitio donde vivo. Por lo visto, todos los apartamentos no son iguales ni en tamaño ni en número de habitaciones, incluso cambia el tamaño de las habitaciones. El mío tiene 3 habitaciones. Mis dos compañeros, Peter y Neil, son ambos irlandeses, así que en casa se habla inglés.
Hasta la próxima, que hay mucho que contar pero poco tiempo para escribir.
¡Ya estoy en Cork! Llegué aquí el domingo. El viaje fue largo pero muy grato. Aquí voy con una pequeña crónica que empieza antes de que saliese de Tenerife.
Tenía, desde hacía semanas, una lista de cosas pendientes por hacer antes de irme a Irlanda. Poco a poco iba consiguiendo tachar alguna, pero solían aparecer entonces entre cuatro y cinco más que tenía que añadir a la pizarra blanca donde llevaba la cuenta. La última semana en Tenerife fue totalmente frenética. Por una parte estaba en papeleo de última hora, que no es de última hora por dejadez sino por los imprevistos que surgen en el momento más inoportuno. Por otra parte, el hecho de que Su se fuera un par de días antes que yo tampoco ayudaba a relajar la situación. Cuando ella se marchó pensé que tras el estrés sufrido para preparar su equipaje, preparar el mío sería un caminito de rosas. No lo fue. Por suerte, sus preparativos sirvieron para que yo aprendiera que era mejor no dejar la maleta para el final. Puedes hacer la maleta en un momento para un viaje corto, pero este no lo era. Empecé el viernes por la tarde y, con mucha ayuda de mi madre, terminé a las cinco de la mañana del sábado.
Un par de horas de sueño y a seguir trabajando para dejar, en la medida de la posible, todo preparado para el gran salto.
La semana anterior me había enviado un paquete con mi edredón y algunas sábanas para tenerlos ya en Cork cuando yo llegase. El sábado tuve que enviar otro paquete con las cosas que juzgué importantes pero que no me cabían en la maleta.
Salimos de casa sobre las tres y fuimos a comar a un “restaurante” cerca del aeropuerto. Lo he puesto entre comillas, porque la verdad es que era un guachinche. Lo mejor fue el postre: quesillo con miel de palma; una delicia que, de seguro, no probaría en Irlanda.
Ya en el aeropuerto, me dirigí con mucho miedo al mostrador de facturación. Con miedo porque llevaba 40 kilos de equipaje y a partir de los 20 hay que pagar 8 euros por kilo. Por fortuna, no me dijeron ni una palabra acerca del sobrepeso y no tuve que pagar nada.
Pasé la mayor parte del vuelo durmiendo. Aunque me suele costar un poco dormir en los aviones, esta vez lo que me costaba era no dormirme. Por alguna razón que desconozco el vuelo duró 40 minutos menos de lo previsto, así que llegué a Dublín a las once de la noche. Aquello ya empezaba a apagarse y prácticamente todos los sitios buenos para pasar la noche ya estaban cogidos. Tiempo atrás, miguev me había dicho que iba a ir a acompañarme en el aeropuerto esa noche, así que en lo que él llegaba, me fui a una cafetería a tomarme un café con leche gigante mientras veía una película de Collin Farrell en la tele.
Al cabo de un rato llegó miguev, y con él venía Su. Una agradable sorpresa aunque quizá no debería haberlo sido. Como dijo ella: “¿De verdad pensabas que no vendría?”. Con ellos venían dos turistas españoles, Víctor y José Antonio, a los que habían encontrado en la parada del autobús. Con ellos pasamos la madrugada, hasta que se marcharon, a eso de las cinco, para coger su vuelo de regreso a España. Es increíble cómo la casualidad te puede traer una agradable charla de madrugada con gente tan afín, con intereses tan similares.
Ya por la mañana, al ir a facturar en mi vuelo a Cork desde Dublín, no tuve tantísima suerte como en Tenerife y sí que tuve que pagar por el sobrepeso. En esta ocasión, sin embargo, sólo pagué el de la maleta mayor, pues la pequeña se la quedó miguev. Si la hubiese llevado conmigo habría tenido que pagar 80 Euros más, y con ese dinero tenía de sobra para volver a Dublín otro día y recogerla. Cuando ya tuve mi tarjeta de embarque, miguev y Su se marcharon a descansar y yo me fui a esperar a mi avión.
El vuelo a Cork apenas duró menos de una hora. Una vez más, la mayoría del tiempo estuve durmiendo. Me desperté poco antes de aterrizar y ya vi lo que me esperaba al salir: lluvia.
Cargado como iba (aún con una maleta menos), me pareció que lo mejor era coger un taxi hasta Copley Court porque, aunque había recibido instrucciones para llegar desde la estación de autobuses, el paseo con todos los bártulos a cuestas no me apetecía nada. El trayecto en taxi duró menos de 15 minutos y me costó unos 14 euros. Había estudiando mil veces las pocas fotos que tenía del complejo de apartamentos y el mapa de situación y quizá llevado por ello había pensado, tonto de mí, que algo me resultaría familiar. Cuando el taxista me dijo que ya habíamos llegado me sentí totalmente desorientado, que es lo normal en un lugar totalmente nuevo, y sorprendido por estarlo, esto último un poco como fruto de mi ingenuidad, me temo.
En el camino desde el aeropuerto había llamado por teléfono a la gerente del complejo para avisarla de que ya llegaba. Ya estaba esperándome cuando llegué, me dió varias llaves y me enseó mi apartamento y mi habitación, pero esto para otro post, que ya estoy retrasando este mucho y quiero decir, por lo menos, que estoy vivo y que estoy muy bien.
En la primera parte de esta serie ya comenté las opciones de alojamiento para estudiantes en Cork. En esta entrega voy a hablar un poco más específicamente, del lugar donde voy a vivir el próximo curso: Copley Court.
Copley Court es uno de los complejos de apartamentos para estudiantes de carácter privado que son aptos, por situación, para alumnos de la UCC. También para los del CIT, pero éstos tienen su centro de estudios más lejos.
Después de la última respuesta de la oficina de alojamiento de la UCC, en la que me decían que le habían enviado mis datos a la administradora de Copley Court, esperé varias semanas sin obtener ninguna comunicación de esta. Empezaba a acostumbrarme a la parsimonia en las comunicaciones, pero no tanto como para no tomar la iniciativa y mandar un par de correos. Al final me respondió con un correo que decía que el plazo para las reservas estaba a punto de finalizar y que tenía que ingresar, en el plazo de una semana, la cantidad de 250€ en concepto de depósito de seguridad (fianza) en una cuenta cuyos datos venían en el mismo correo.
En este momento, voy a hacer una pequeña parada al estilo del “Bienvenido al medio de la película” de los Monthy Python.
El medio de este post está dedicado para expresar mi más sincero y profundo agradecimiento a aquellas personas que me han hecho donaciones en respuesta a mi pseudo-campaña de petición de fondos. Nunca imaginé que llegaría a recaudar una cantidad tan alta (unos 257 €). Gracias, gracias, gracias a todos. Afortunadamente, ahora me encuentro en una situación que me permitirá hacer frente a los pagos que tengo que afrontar de forma más inmediata, pero no era así entonces, así que ya podéis imaginar de dónde salió el dinero para pagar esa fianza. Gracias otra vez.
Uno de las principales preocupaciones de los estudiantes Erasmus es el alojamiento (luego suelen venir las fiestas, seguidas de la comida y, muy al final, el estudio; pero esa es otra historia). En mi caso, como cuando solicité mi plaza en este programa sólo puse una universidad, ya empecé a echar un vistazo a mis opciones de alojamiento en Cork.
Mi primer recurso fue la propia UCC, en la sección de alojamiento de la web de la International Education Office. Allí me enteré de que la Universidad gestiona unas pocas residencias, pero además hay muchas otras de carácter privado. No era esta, sin embargo, la única opción disponible. En realidad, los estudiantes pueden elegir entre: