Ya que incluso para mí es casi increíble encontrarme escribiendo esto, creo que debo empezar con una humilde petición de disculpas a mis lectores por guardar este largo silencio. Las últimas han sido unas semanas muy intensas y el problema es que ahora he perdido la oportunidad de contar con detalle lo que ha ido ocurriendo. Imagino que este es uno de esos posts en forma de resumen de lo que ha pasado en mi vida recientemente. Espero que no se me olvide nada importante.
Tuve mis exámenes finales en mayo y, aunque la mayoría estaban concentrados al principio del mes, aún tenía uno el día 28. Esto significaba que tan sólo iba a tener una semana para buscar alojamiento en Dublín para el verano y para hacer la mudanza, antes de empezar el día 9 de junio a trabajar en IBM. Al final parecía mejor idea empezar la búsqueda antes de mi último examen, para tener, si era posible, el alojamiento resuelto y poder mudarme poco después del 28 de mayo.
Lo conseguí. Aún no puedo creer mi suerte, pero lo conseguí. Un fin de semana viendo anuncios, dos días viendo habitaciones y al final del segundo día ya tenía el alojamiento en Dublín apalabrado.
Y entonces volví a Cork a preparar y hacer mi último examen (de mi Erasmus y de mi carrera, aunque esta aún no ha terminado del todo). Los exámenes, en general, me han salido considerablemente bien, o al menos eso creo yo
. De hecho, los exámenes en la UCC es un tema del que me gustaría hablar un poco más, quizá en otro post.
Entonces llegó el momento de la mudanza.
No hay nada como ponerme a estudiar para que, en un ataque de procrastinación, me salgan las ganas de poner mi blog un poco al día y escribir una de esas historias pendientes que tantas veces rondan mi cabeza. Esta es una de esas historias.
A lo largo del curso el buzón de correo electrónico que me proporcionó la UCC se ha visto inundado de propuestas de eventos, la gran mayoría relacionados con empresas que dan charlas en la universidad para promocionarse e intentar captar alumnos recién titulados. Siempre que veía que alguna de esas charlas estaba impartida por empresas relacionadas con la informática, la electrónica o las comunicaciones me planteaba ir, pero nunca fui a ninguna. Era una de esas intenciones que se quedan en nada, como la gente que está a punto de ponerse a dieta, o la que el próximo lunes va a empezar a ir al gimnasio.
Pero un día fue lunes de verdad. Uno de esos correos anunciaba una charla titulada “Concurso de Código Abierto de IBM”. Esta vez anoté una cita en mi móvil para recordarmelo. Supongo que se debió en parte a un interés mínimamente mayor al que despertaban en mí los títulos de otras charlas y en parte a que había decidido que ya era hora de empezar a ver qué tal eran esos eventos.
El año pasado escribí un artículo, A Day In The Life, en el que seguía mi primer meme. En él contaba lo que yo hacía en un día cualquiera. Uno de los comentarios sugirió que repitiera la experiencia cuando ya estuviese en Cork, y a mí me pareció buena idea. Había decidido esperar un año (hasta mayo) para poner una nueva entrega, ya en Irlanda, pero el calendario académico de la universidad en la que ahora estudio me ha hecho cambiar de idea. Hoy ha sido mi último día de clase (excepto por una semana al final de abril) y eso significa que la rutina que he vivido en los últimos meses cambiará de alguna manera, aunque sólo sea en sustituir las horas de clases por horas de biblioteca. Así que decidí adelantarlo.
A continuación presento, también acompañado con fotografías, una crónica poco pretenciosa de uno de mis días como estudiante de Erasmus en Irlanda. Concretamente, del jueves de la semana pasada (13 de marzo), y aunque no todos mis días son necesariamente iguales, supongo que servirá para mostrar que Erasmus = Fiesta no siempre es verdadero, porque, al menos en mi Erasmus, eso no es así, ya verás.
Todas las fotografías tienen una descripción asociada, además de lo que ya aparezca en el propio texto del artículo. Normalmente, esta descripción puede verse colocando el puntero del ratón sobre la imagen.
Esta mañana me ocurrió uno de los episodios más patéticos que puedo recordar. Una de esas cosas que uno normalmente no contaría, pero ¡Qué demonios!
Me desperté, de forma natural, a eso de las siete de la mañana, una media hora antes de que sonara mi despertador. Me di cuenta de que había pasado mucho tiempo durmiendo con todo mi peso sobre un costado porque, cuando intenté mover el brazo derecho… no pude.
En el transcurso de mi vida se me han dormido los brazos y las piernas muchas veces, pero no recuerdo ninguna ocasión en la que pasara de ese hormigueo previo a la pérdida total de sensibilidad. Sin embargo, esta vez había ocurrido todo el proceso. En ese momento no estaba lo suficientemente despierto como para hacer experimentos, sólo quería mi brazo de vuelta. Recuerdo, no obstante, la desagradable sensación de sujetarle la mano a un tío en mi cama. Casualmente, ese tío era yo, pero mi brazo no parecía querer admitirlo y yo no estaba en condiciones de razonar nada.
Pero aún no hemos llegado a la parte patética. Necesitaba moverme, y tenía que girarme para bajarme de la cama, pero como mi brazo no estaba dispuesto a colaborar, lo alcé con la mano izquierda y, ya que estoy poco acostumbrado a que mi cuerpo no responda a mis ordenes, lo solté, esperando algo de obediencia. Pero no. El brazo cayó directamente sobre lo que tenía debajo, que en este caso era mi cara, con tan mala suerte, además, que mi ausente dedo índice (creo que fue ese, aunque todos son sospechosos) fue a darme justamente en el ojo derecho.
Hoy me ha dolido el ojo todo el día.
Hoy, mientras hablábamos por teléfono, Lorena y yo hemos estado a punto de empezar una discusión… pero no. Hemos desistido, casi simultáneamente, porque ninguno de los dos tenía ni idea del tema que estábamos discutiendo.
Mi comentario, justo después, fue: ¡A ver cuándo se ha visto esto… Y, como leyendo mi mente y terminando la frase por mí, ella añadió: …en España!
Esta mañana estaba sentado en una de las salas de estudio de la Biblioteca de la UCC, y estaba tan metido en lo que estaba estudiando que perdí la noción del tiempo y me desprendí de mi contexto espacial, ayudado, debo admitir, por la melosa voz de Diana Krall. En este estado de concentración me encontraba cuando tuve un desliz, uno de esos momentos en los que uno levanta la cabeza de los apuntes y busca, normalmente con éxito, una cara amiga (o, al menos, una conocida), que, además, suele encontrarse en situación similar (porque el despiste es como una ola que golpea las bibliotecas). El paso siguiente, a veces sin mediar palabra, otras después de una proposición y la consiguiente consulta a la conciencia, es salir de la sala de estudio en dirección a la cafetería mas cercana, o quizá a la siguiente, porque su café es mejor.
Pues yo, justo en ese desliz que me sacaría de mi concentración, esperé, durante una ínfima fracción de tiempo, descubrir una de esas caras amigas (o, al menos, conocidas) con cuyos dueños he pasado incontables minutos de descanso en los días previos a un examen.
Apenas un instante después, cuando retorné al contexto y mi cerebro entendió lo que mis ojos le enviaban, me di cuenta, otra vez, de que estoy en otro país, a miles de kilómetros de mis otras bibliotecas, de mis caras amigas, y del café mínimamente decente.
Adiós, 2007. Ahora que te vas quisiera comentar brevemente el efecto que tu paso ha tenido en mi vida.
Contigo he vivido los peores momentos de estrés en el ámbito académico, pero también en tu paso he vivido la satisfacción de recoger los frutos de ese trabajo. Estabas también de paso cuando ocurrió toda aquella serie de eventos increíblemente afortunados que nos llevó a mí y a la mujer que amo al mismo país, Irlanda, del que ahora no queremos regresar.
Nos acompañaste en el tramo inicial de esta gran experiencia en la que hemos conocido a mucha gente nueva, y que, paradójicamente, nos ha servido también para reencontrarnos con viejos amigos.
Y pese a todo esto, no puedo dejar de mencionarte que también durante tu paso se ha producido, poco a poco, un intercambio poco gratificante y cuyas labores de reconstrucción no verás, pues será ya tu hermano el año 2008 quien las atestigüe. Este intercambio es el que viene de ganar muchos conocidos y perder a algunos buenos amigos. Espero que no te tomes esto como un reproche, tú sólo tuviste la suerte de estar de paso mientras todo esto ocurría.
2007, creo que te echaré un poco de menos, no se cuanto, pues eso depende de lo que ocurra durante tu nuevo sucesor. Tú me has visto crecer, y también me has visto caer muy bajo.
He de confesarte, aunque probablemente esto no sea nuevo para ti, que, de todos los propósitos para el nuevo año, el más importante sigue siendo el mismo que tuve también contigo: ser mejor persona.
Estas últimas semanas hemos tenido serios problemas con Internet en Copley Court. Mucha gente ha tomado la vía del estoicismo, pero ya la semana pasada se empezaban a ver algunas demostraciones de impaciencia muy … “emotivas”. No es de extrañar, pues muchos aquí somos extranjeros y usamos Internet como medio, prácticamente único, para comunicar con nuestras familias. Algunos nos hemos sentido identificados con Enjuto Mojamuto (excepto por el final
).
La ausencia de conexión a Internet, en mi caso, además de privarme de las necesarias charlas con mi madre, me ha retrasado en mi proyecto y en otros trabajos que aún tengo pendientes en la Universidad de La Laguna.
Y sí, tengo Internet en la Universidad, pero además de la ausencia de mis queridas tildes, está el problema de los horarios, pues es ahora, después de cenar, cuando tengo tiempo para sentarme delante del ordenador y hacer cosas medianamente útiles.
El viernes vinieron, por fin, unos técnicos y parece que han resuelto el problema. No he estado aquí durante el fin de semana, pero al menos hoy ha funcionado todo el día, y eso mucho más de lo que teníamos en las semanas anteriores.
Tengo también unos posts atrasados, pero de eso no puedo culpar más que a mi propia estupidez: tengo tan asociado este blog a la red, que no se me ha ocurrido pensar que no necesito la red para escribir, sino sólo para publicar. Premio para mí, que me lo he ganado.
Ahora voy a programar, que tengo tres prácticas que entregar esta semana, pero volveré pronto. Parece que vuelvo a estar online (de momento).
¡Ya estoy en Cork! Llegué aquí el domingo. El viaje fue largo pero muy grato. Aquí voy con una pequeña crónica que empieza antes de que saliese de Tenerife.
Tenía, desde hacía semanas, una lista de cosas pendientes por hacer antes de irme a Irlanda. Poco a poco iba consiguiendo tachar alguna, pero solían aparecer entonces entre cuatro y cinco más que tenía que añadir a la pizarra blanca donde llevaba la cuenta. La última semana en Tenerife fue totalmente frenética. Por una parte estaba en papeleo de última hora, que no es de última hora por dejadez sino por los imprevistos que surgen en el momento más inoportuno. Por otra parte, el hecho de que Su se fuera un par de días antes que yo tampoco ayudaba a relajar la situación. Cuando ella se marchó pensé que tras el estrés sufrido para preparar su equipaje, preparar el mío sería un caminito de rosas. No lo fue. Por suerte, sus preparativos sirvieron para que yo aprendiera que era mejor no dejar la maleta para el final. Puedes hacer la maleta en un momento para un viaje corto, pero este no lo era. Empecé el viernes por la tarde y, con mucha ayuda de mi madre, terminé a las cinco de la mañana del sábado.
Un par de horas de sueño y a seguir trabajando para dejar, en la medida de la posible, todo preparado para el gran salto.
La semana anterior me había enviado un paquete con mi edredón y algunas sábanas para tenerlos ya en Cork cuando yo llegase. El sábado tuve que enviar otro paquete con las cosas que juzgué importantes pero que no me cabían en la maleta.
Salimos de casa sobre las tres y fuimos a comar a un “restaurante” cerca del aeropuerto. Lo he puesto entre comillas, porque la verdad es que era un guachinche. Lo mejor fue el postre: quesillo con miel de palma; una delicia que, de seguro, no probaría en Irlanda.
Ya en el aeropuerto, me dirigí con mucho miedo al mostrador de facturación. Con miedo porque llevaba 40 kilos de equipaje y a partir de los 20 hay que pagar 8 euros por kilo. Por fortuna, no me dijeron ni una palabra acerca del sobrepeso y no tuve que pagar nada.
Pasé la mayor parte del vuelo durmiendo. Aunque me suele costar un poco dormir en los aviones, esta vez lo que me costaba era no dormirme. Por alguna razón que desconozco el vuelo duró 40 minutos menos de lo previsto, así que llegué a Dublín a las once de la noche. Aquello ya empezaba a apagarse y prácticamente todos los sitios buenos para pasar la noche ya estaban cogidos. Tiempo atrás, miguev me había dicho que iba a ir a acompañarme en el aeropuerto esa noche, así que en lo que él llegaba, me fui a una cafetería a tomarme un café con leche gigante mientras veía una película de Collin Farrell en la tele.
Al cabo de un rato llegó miguev, y con él venía Su. Una agradable sorpresa aunque quizá no debería haberlo sido. Como dijo ella: “¿De verdad pensabas que no vendría?”. Con ellos venían dos turistas españoles, Víctor y José Antonio, a los que habían encontrado en la parada del autobús. Con ellos pasamos la madrugada, hasta que se marcharon, a eso de las cinco, para coger su vuelo de regreso a España. Es increíble cómo la casualidad te puede traer una agradable charla de madrugada con gente tan afín, con intereses tan similares.
Ya por la mañana, al ir a facturar en mi vuelo a Cork desde Dublín, no tuve tantísima suerte como en Tenerife y sí que tuve que pagar por el sobrepeso. En esta ocasión, sin embargo, sólo pagué el de la maleta mayor, pues la pequeña se la quedó miguev. Si la hubiese llevado conmigo habría tenido que pagar 80 Euros más, y con ese dinero tenía de sobra para volver a Dublín otro día y recogerla. Cuando ya tuve mi tarjeta de embarque, miguev y Su se marcharon a descansar y yo me fui a esperar a mi avión.
El vuelo a Cork apenas duró menos de una hora. Una vez más, la mayoría del tiempo estuve durmiendo. Me desperté poco antes de aterrizar y ya vi lo que me esperaba al salir: lluvia.
Cargado como iba (aún con una maleta menos), me pareció que lo mejor era coger un taxi hasta Copley Court porque, aunque había recibido instrucciones para llegar desde la estación de autobuses, el paseo con todos los bártulos a cuestas no me apetecía nada. El trayecto en taxi duró menos de 15 minutos y me costó unos 14 euros. Había estudiando mil veces las pocas fotos que tenía del complejo de apartamentos y el mapa de situación y quizá llevado por ello había pensado, tonto de mí, que algo me resultaría familiar. Cuando el taxista me dijo que ya habíamos llegado me sentí totalmente desorientado, que es lo normal en un lugar totalmente nuevo, y sorprendido por estarlo, esto último un poco como fruto de mi ingenuidad, me temo.
En el camino desde el aeropuerto había llamado por teléfono a la gerente del complejo para avisarla de que ya llegaba. Ya estaba esperándome cuando llegué, me dió varias llaves y me enseó mi apartamento y mi habitación, pero esto para otro post, que ya estoy retrasando este mucho y quiero decir, por lo menos, que estoy vivo y que estoy muy bien.
¿Has tenido alguna vez la sensación certera de no estar, en un momento concreto, donde deberías estar?
Yo sí.
Mientras, solo en casa, como galletas y canto (en secuencia, no simultáneamente) en voz alta canciones de Robbie Williams (sobre todo los estribillos).
Podría ser peor, está claro, podría no ser feliz